Crudo, inocencia interrumpida

Dirección y guion: Julia Ducournau. Fotografía: Ruben Impens. Intérpretes: Garance Marillier, Ella Rumpf, Rabah Nait Oufella. Italia-Francia-Bélgica, 2016, 99 min. Género: Drama/Terror.

Hay películas cuyo discurso se revela con claridad al espectador, de forma que cualquier plano, encuadre o, en definitiva, decisión por parte del director que se haga visible en pantalla sirva como argumento para la tesis planteada. En el caso de Crudo (Grave), la ópera prima de Julia Ducournau, estrenada en el pasado festival de Sitges y auspiciada por titulares como “la película de adolescentes caníbales que provoca desmayos”, el relato se abre con una escena de violencia, especialmente brutal, pero filmada con sutileza y distancia, manteniendo el anonimato del perpetrador del ataque a un coche que terminará con su conductor sin vida tras chocar frontalmente contra un enorme árbol. Una secuencia aparentemente inconexa, que da paso al primer día de Justine -debut en el largometraje de Garance Marillier, incontestable en su fragilidad- en la facultad de medicina.

La disfunción de las relaciones paternofiliales sirve a Ducournau para establecer el vegetarianismo como reverso –o síntoma- de una educación severa y restrictiva. De este modo, tras probar, en contra de su voluntad, un primer bocado de carne animal, Justine se adentrará en un proceso de maduración acelerado en el que sus instintos más primitivos surgirán como respuesta contra el adoctrinamiento al que ha sido sometida desde su infancia, y terminará por convertirse de nuevo en una paria, aunque esta vez por motivos distintos.

Uno de los aspectos digno de mayor elogio por parte de la directora es la simpleza en expresar esa transfiguración a partir de situaciones concretas. Tal vez la forma de retratar las fiestas universitarias sea la más representativa de este proceso; toda esa confortable coerción que su familia ejercía sobre ella la convierte en un animal indefenso que, débil ante los nuevos placeres descubiertos, terminará sobrepasando con creces los límites impuestos y desembocará en una metamorfosis abominable. Por un lado, durante la primera noche en la facultad, tras sufrir las novatadas correspondientes, la protagonista termina en una rave en la que no encuentra acomodo y la cámara trata de seguirla con dificultad, entre una maraña de cuerpos desnudos bañada de luces estroboscópicas. Por otro, tras sucumbir a sus inclinaciones más salvajes, Justine vuelve a asistir a una fiesta; en una habitación teñida de rojo y la banda sonora exhibiendo todo su potencial –combina con sorprendente eficacia música instrumental de cuerda con temas de pop-rock contemporáneo-, se muestra la imagen quizá más icónica de la película: una chica prácticamente irreconocible, sentada sobre una mesa, con las medias rotas y que parece mirar a cámara con un rostros descompuesto en una mueca terrorífica.

Su final puede parecer, a primera vista, una nota disonante en la partitura escrita hasta el momento, dado el profundo viaje psicológico que la precede, pero cabe recordar que

Ducournau en ningún momento ha dejado de explicar una entretenidísima historia de caníbales.

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Daniel Molina

Estudiante de cine y medios audiovisuales. Adicto a la cultura popular.

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